Crear con la mirada · LAS CARTAS ·

Hay paisajes que me hacen parar, observar, respirar… y volver a mirar. A veces la mirada se detiene en un punto, un contraste, un pequeño detalle; otras, simplemente se pierde en la inmensidad.

No necesariamente son los más espectaculares. A veces es una luz que cae de una determinada manera, un árbol recortado contra el cielo, un reflejo, una combinación de colores, una textura o un encuadre que, de pronto, hace que algo cotidiano deje de serlo.

Entonces saco el móvil y hago una foto.

Tengo muchísimas, en serio... demasiadas. 88.957 dice mi "disco duro en la nube" y sé que faltan unas cuantas... Aquí reconocerás las fotos que dan origen a algunas de las cartas de los Pensamientos Semilla.

Esas imágenes me habían conectado con algo. Por eso, cuando hacía limpieza en el móvil y borraba fotografías que ya no necesitaba, esas permanecían. No las conservaba únicamente porque me parecieran bonitas, sino porque algo de lo que habían despertado en mí seguía vigente.

A veces, al meditar sobre una idea, volvía a aparecer una de esas imágenes en mi mente. O la buscaba deliberadamente entre mis fotografías para contemplarla de nuevo y profundizar en aquello que me estaba mostrando. La imagen se convertía entonces en una puerta: me llevaba a una pregunta, a una sensación, a un recuerdo o a una comprensión que todavía no había terminado de desplegarse.

Con el tiempo he entendido que las cosas no suelen revelarse de una sola vez. Todo tiene capas: las cebollas, la piel humana, el flsych de Zumaia (carta 6), yo misma -de ropa- haciendo fotos a auroras boreales a 14º bajo cero en Noruega, pero también las imágenes, las experiencias, los pensamientos y las emociones. Una fotografía puede acompañarte en una etapa y mostrarte algo distinto cuando vuelves a ella meses o años después. No ha cambiado la imagen, pero sí has cambiado tú, y desde ese nuevo lugar puedes percibir otros matices.

Por eso aquellas fotografías fueron quedándose conmigo. No eran solo recuerdos de un paisaje o de un instante. Algunas estaban vinculadas a procesos que seguían abiertos y me acompañaban mientras los atravesaba: me ayudaban a reconocer lo que estaba sintiendo, a profundizar en una idea o a mirar de nuevo aquello que todavía necesitaba comprender.

Otras pertenecían a procesos ya cerrados. Volver a ellas me permitía recordar el camino recorrido, reconocer lo que había aprendido y tomar conciencia de la evolución alcanzada.

Un paisaje podía abrirme una pregunta. Una luz, traerme una intuición. Un río, recordarme dejarme llevar. Una sola casa en medio de un monte, conectarme a la soledad. 

Así fueron naciendo también las imágenes de Pensamientos Semilla.

El proceso no consistió en buscar una fotografía bonita para cada frase. Muchas de esas imágenes ya estaban vinculadas a un sentido desde el primer momento. Después solo tuve que volver a mirarlas, detenerme en lo que me habían hecho sentir y buscar la manera de expresarlo en una frase, en forma de pensamiento semilla.

A veces la relación era evidente. Otras aparecía después de mucho mirar. Y alguna, sencillamente, se empeñaba en ser ella.

Pero esa es mi mirada.

El libro que acompaña las cartas cuenta parte de ese recorrido y puede servir como guía para profundizar en cada pensamiento. Pero no quisiera que mi interpretación condicionara la tuya. Tal vez donde yo vi un comienzo, tú veas una despedida. Donde yo encontré quietud, a ti esa imagen te despierte movimiento.

Y está bien así. La misma semilla no crece igual en todos los terrenos, ni un árbol ofrece siempre el mismo paisaje. Hay estaciones para echar raíces, otras para perder hojas y otras en las que por fin, algo que llevaba mucho tiempo creciendo por dentro, empieza a florecer.

Porque una imagen, como un pensamiento semilla, no termina en quien la crea. Empieza de nuevo en quien la mira.

Después vino el reto de convertir aquellas fotografías en el lenguaje visual que imaginaba para las cartas: la acuarela.

Mi primera idea, por supuesto, fue pintarlas yo.  Una a una. 😅

Luego hice cuentas. Cuarenta y cuatro cartas. Cuarenta y cuatro acuarelas. Mi nivel de exigencia. Mi capacidad para repetir algo hasta que me convence…

Probablemente habría presentado la baraja coincidiendo con la edad de jubilación.

Así que apareció la inteligencia artificial. 🤖

La utilicé como una herramienta para transformar mis fotografías y acercarlas a ese lenguaje de acuarela suave que tenía en la cabeza. Detrás de cada imagen seguían estando la fotografía original, la elección del encuadre, la intención y, sobre todo, el pensamiento que esa imagen evocaba.

Y aquí tengo que reconocer que hubo una frase decisiva. Cuando Jorge Carvajal conoció el proyecto —y después me regaló además un precioso prólogo para el libro— me dijo algo mucho más sencillo que cualquier gran discurso:

“Había que hacerlo.”

Pues eso. Había que hacerlo. Así que, bendita IA.

Porque a veces una semilla necesita tierra y agua. Y otras veces necesita que dejemos de empeñarnos en pintar 44 acuarelas y encontremos otra manera de ayudarla a salir a la luz.

Al final, la tecnología fue solo una herramienta.

La mirada había sucedido mucho antes.

Y os cuento algo más sobre el libro.

Todas las reflexiones terminan, más o menos, de la misma manera: “Hoy no necesitas…”. Y no es casualidad. Tantos años escuchando y acompañando a personas que sufren hacen que acabes encontrando ciertos puntos en común.

Vivimos con la sensación de que siempre hay algo más que hacer, resolver, aprender, mejorar, lograr, evolucionar, comprender o incluso dejar atrás. Vamos demasiado deprisa, saltando de una cosa a otra, como si parar fuera perder el tiempo.

Por eso quise que cada reflexión terminara justo al contrario: quitando, en lugar de añadiendo. Descargando un poco ese “más y más” que parece que nos hemos impuesto. Cada final es una pequeña invitación a frenar, soltar exigencia y bajarnos, aunque sea un momento, de esa velocidad vertiginosa en la que vivimos.

Parar. Respirar. Volver un poco a nosotros. A ese lugar más sencillo, ahí dentro, donde no hay tanta prisa ni tantas cosas pendientes, solo un corazón que late.

Porque muchas veces no necesitamos hacer más. Ni entenderlo todo. Ni tener todas las respuestas. Ni convertir cada momento de nuestra vida en algo que tengamos que solucionar o mejorar.

A veces nos complicamos muchísimo la vida. Buscamos fuera, damos vueltas, anticipamos, vivimos en el "tengo que", queremos tenerlo todo claro… cuando quizá lo que necesitamos es bastante más sencillo de lo que parece.

Lo que leas en el libro no tienes que convertirlo en otra tarea pendiente. Puedes simplemente dejar que una frase se quede contigo, sembrarla en la noche y dejar que eche raíz y crezca.

“Hoy no necesitas…” es mi manera de recordarlo.